Querida Vivian Maier,

Ya no estás entre nosotros, y sin embargo no dejas de sorprenderme. Hace meses vi por primera tus fotografías en Valladolid, y hace pocos días he vuelto a contemplarlas en la Fundación Canal de Madrid. Volví a emocionarme. Arte en estado puro, fotos sinceras, cercanas y sin grandes pretensiones, de tus paseos por Chicago y Nueva York, de sus calles, con sus gentes, sus tiendas, su ajetreo diario. Cada gesto, cada mueca, las pequeñas cosas, ésas que para ti son tan importantes.

Retratos robados, con cierto atrevimiento, rozando el límite entre la osadía y el respeto, cuando te acercabas a ésos viandantes anónimos y urbanitas. Retratabas a personas de clase baja, más solícitas y con gesto afable, con las que te sentías más identificada. Pero también te atrevías a acercarte a aquellas mujeres emperifolladas de la clase alta neoyorquina, que te miraban de soslayo como diciendo; «pobre infeliz…». Nunca te sentiste más ni menos que nadie, simplemente salías a tus calles buscando tu propia identidad a través de los rostros de los demás.

Tus autorretratos dicen mucho de ti, de tu timidez, de tu curiosidad. ¿Qué buscabas Vivian al verte reflejada en escaparates, espejos…quizá buscabas la esencia de quien siendo pobre en dólares, buscaba enriquecer su alma?, o ¿simplemente buscabas tu lugar en el mundo?.

Cuidabas a los niños de ésas familias acaudaladas, para poder vivir con austeridad y salías con ellos de paseo, sosteniendo tu cámara por un lado, y sus manitas por otro. Me admira imaginar cómo eras capaz de hacer ésas fotos tan maravillosas, mientras trabajabas, sabiendo que tu sueldo no iba a permitirte llevar a revelar tus carretes. Pensabas quizá que llegaría el día en que tus fotos vieran la luz, como realmente ocurrió?

Sin lugar a dudas, debías tener una fe infinita, una confianza en ti misma y en tu proyecto personal, y una forma de expresarte a través de tus fotos, que iban mucho más allá de exponerlas o de obtener una rentabilidad económica. Nos has dejado un legado maravilloso, increíblemente completo y rico, que nos muestra con bastante claridad y un gusto exquisito, la vida callejera en un espacio, las calles de Chicago y Nueva York  y un tiempo, en torno a  los años 50, por los que pasaste.

Lástima que no pudieras ver nuestras caras de asombro, y de admiración al ver tus fotografías. Las  que hubieran aparecido tras revelar los carretes tanto años antes. Alguien los encontró en un viejo trastero, más de 120.000 y acercó al mundo tu maravilloso arte, ése que nos dejas, muy poco después de tu muerte. Y una importante reflexión: El arte no entiende ni quiere entender de clases sociales, simplemente emociona, o no.

Esta humilde fotógrafa y eterna admiradora.

Eva París.

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